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Las Perras de la Guerra

Un tipo entra en un bar, se sienta en la barra, pide una caña de cerveza, el camarero se la pone y se va para servir a otro cliente. Hasta ahí todo es normal, lo malo es cuando el interfecto da un sorbo a la birra, la escupe, y, airado, saca una pistola y la emprende a tiros con todo el que se le pone por delante.

Lo detienen, por supuesto, y el hombre alega que la cerveza era una mierda y que estaba en su derecho de defenderse atendiendo a derechos constitucionales: el uso de las armas en defensa propia. Esto, que aquí nos parece una auténtica majadería (por suavizar mucho la cuestión), se está convirtiendo en la muerte nuestra de cada día allende los mares, en ese país de descerebrados que viene a ser Estados Unidos.

El uso de las armas en legítima defensa es allí un derecho recogido en su Carta Magna, es cierto, pero no lo es menos el hecho de que ese artículo se redactó en tiempo y forma en los que podía (nunca lo es) ser necesario. Hablamos de las postrimerías del viejo oeste, cuando la ley y el orden brillaban por su ausencia. Lo verdaderamente demencial, es que ese artículo nunca haya tenido una enmienda, como la tuvo la prohibición de consumir o vender alcohol. A los gringos les interesa desde siempre el negocio de las armas, sin importarles cuántos inocentes deban pagar con su vida los beneficios que se embolsan las grandes fábricas de armamento.

Obush es el profeta de esta extraña religión, de este bizarro culto a la muerte. Pregona el uso de las armas como una suerte de rito catárquico en el que las fuerzas del bien hallarán la luz que les dirigirá hacia la victoria. No le importa la muerte. Si se la traen al pairo los cientos de soldaditos americanos que piden venganza desde sus tumbas, ya me dirán ustedes a mí qué puede importarle que mueran cientos, miles de civiles allá en Oriente cuyo único pecado consiste en haber nacido y vivido bajo la dictadura de un psicópata como él, que, para colmo, es el único que parece haberse salvado. Obush y sus perras, Blair y Ánsar, no entienden de humanidad porque están por encima de nosotros, mortales, como los dioses del Olimpo lo estaban por encima de los pobre griegos, sometidos a sus caprichos sin posibilidad de defenderse.

Esta especie de Trinidad partenogenética del siglo XXI está en posesión de la verdad. Y nosotros no. Es simple, al menos para ellos. Nuestros comentarios les resbalan, y nuestras verdades se diluyen en su verborrea fácil e insustancial, en la demagogia venenosa que confunde al sector borreguil de nuestros pueblos, quizá obnubilados por un aura de poder fabricada en los grandes estudios de Hollywood. Obush y sus perras están tranquilos, no tienen nada de que preocuparse, nada que temer, ¿por qué habrían de hacerlo? ¿Quién puede acceder al salón de los dioses y pedirles cuentas?

No creo en dios alguno, ni, por tanto, en su contrapartida maligna. Pero a veces me gustaría hacerlo, sólo por tener la seguridad de que los cientos de miles de inocentes que mueren a causa de sus fantasías megalomaníacas de pacotilla tendrán, al menos, la satisfacción de abrazar la muerte sabiendo que estos tres hijosdeputa se pudrirán en el infierno hasta el fin del universo.

Aunque, pensándolo bien, creo que ni allí los querrían…
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