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TIERRA SAGRADA (Cuento)

TIERRA SAGRADA (Cuento) En algún lugar más allá de la percepción de sus sentidos algo estaba sucediendo. Un rumor de estática, destellos sobre la superficie del hielo negro de protección de datos, entre las avenidas multicolores impregnadas del reflujo de información constante, insectos etéreos que aleteaban sin rumbo por un espacio vacío y, a la vez, abarrotado.

Algo o alguien se aproximaba sin intentar siquiera ocultarlo.

La transición a la consciencia fue rápida y dolorosa; caer dentro de un infierno de sensaciones corpóreas desde un paraíso de placer intangible. Aspiró el líquido salino que oxigenaría sus pulmones. Parpadeó para humedecer sus ciegos y secos ojos. Un nanosegundo antes de reincorporarse a su trémula prisión de músculos y carne, su copro ya había solicitado al kernel central un informe de daños estimados y una simulación de pautas de contención a partir de los vectores de aproximación. Cuando tomó el control completo y absoluto de su sistema neural, Thais ya sabía lo que tenía que hacer.

Sus dedos aletearon sobre el pad, una superficie ligeramente abultada en la pared derecha de la vaina de privación sensorial en la que se hallaba: dejaba atrás su Tierra Sagrada. Levantó barreras refulgentes de fagos cuánticos que dispuso alrededor de la matriz a proteger, en una envidiable y perfecta triangulación que abarcaba un arco capaz rayano en lo exquisito. Las primeras hordas de quantas enfurecidas se estrellaron contra la barrera y desaparecieron en la espuma cuántica, como granos de arena en medio de un mar embravecido por la galerna. Objetivo conseguido. Estrategia de defensa con una efectividad del cien por cien. Un estallido de placer en la base de su columna vertebral, un orgasmo que se arrastró por su espina dorsal con la placentera lentitud de un caracol anciano. El terrón de azúcar para recompensar a la bestia de carga.

–Escáner neural –anunció una vocecilla metálica dentro de las paredes de su cráneo–. En proceso.

Thais no sintió nada especial. Podría haber seguido el barrido, la trayectoria del haz, electrón por electrón si lo hubiese deseado, estado cuántico por estado cuántico hasta completar los treinta y dos niveles. Pero los juegos hacía tiempo que habían perdido su encanto.

–Completado con éxito. No hay daños pertinentes.

Se preparó para volver de nuevo al mundo que conocía, lejos de la oscura humedad de la vaina. Antes de hacerlo pidió una estadística de retornos y descubrió con un cierto temor que los ataques se producían cada vez en intervalos de tiempo más cortos. Apenas cincuenta segundos desde la última vez, aunque Thais hubiera jurado que habían transcurrido semanas de gloriosa quietud en el Otro Lado. Reconoció la vieja pauta en cuanto reflexionó un poco. Era una táctica IA tan antigua como efectiva.

Ataques cortos, con pocas unidades, ejecutando una función exponencial con respecto al tiempo para mermar la capacidad de respuesta del enemigo, esperando que éste agotase sus recursos en defensas cada vez más abiertas mientras se preparaban escuadras avanzadas de oponentes más evolucionados que, más tarde o más temprano, lograrían abrir una brecha y asestar el golpe mortal y definitivo.

Thais no podía creer que el enemigo estuviese utilizando algo tan simple y arcano. En cierta forma lo consideraba una ofensa en toda regla: no había ninguna megacorp sobre la colonia que dudase de la efectividad del sistema de protección de datos de la KaiWaYama, no existía nadie tan loco como para creer que iban a traspasar las defensas con procedimientos tan burdos, tan obsoletos... Aunque, bien pensado, Thais se dio cuenta de que hablaba sólo por su propia preparación. Únicamente conocía a un par de individuos dentro de las vainas del Cinturón, y le constaba que su entrenamiento era magnífico. Pero, ¿y el resto? ¿Quiénes eran? ¿De dónde procedían? ¿Podía la compañía arriesgar la inversión que se escondía en las monolíticas columnas de datos bañadas en hielo negro dejando el blindaje en sus manos? Era de suponer que sí.

Las alarmas se activaron de nuevo, y Thais cayó en la cuenta de que debido a sus reflexiones la respuesta al ataque había llegado un picosegundo más tarde de lo debido. Aquello bajaría considerablemente el percentil de efectividad. Antes de que pudiese empezar a desplegar su estrategia, sintió una especie de mareo desconocido, un vahído con tintes nuevos que le atenazó la nuca con afilados garfios de escarcha puntiaguda. De forma refleja pidió un análisis de su sistema neural. Sobre su retina se desplegaron las familiares nubes de datos de tono azulado. Esquemas, cifras, diagramas de flujo... Allí estaba. Todo el alarde de infantería cuántica no había sido más que una tapadera para que dejara parcialmente de lado las pantallas físicas y obviara una brecha los bastante amplia como para que aquel maldito mecanovirus se introdujera en su sistema orgánico.

Tuvo un momento de pánico, pero aun así levantó las barreras usuales de contención. Pidió un mapa de situación, sintiendo que cada vez tenía menos control sobre su cuerpo físico. Las columnas de datos se apartaron hacia un lado y las micropantallas retinales exhibieron una cuadrícula en la que se detallaba su posición virtual dentro del sistema de protección de información. Notó que tenía la respiración agitada, el pecho ardiendo en un fuego sin llamas, los músculos agarrotados por la tensión de querer mantenerse operativo... ¿Qué sucedería si él caía? No había muchos guardias de refuerzo en la colonia debido a la escasez momentánea de población. Podrían... Estaba divagando. En cierto sentido, sucumbiendo. No podía distraerse ahora. Envió sondas hacia las zonas de aproximación que el módulo táctico extrapolaba en función de ataques anteriores. No había nada, era como si nunca hubiese existido el enemigo. Debería haber rastros por todas partes. Colas de impresión abandonadas, backups residuales de los formateos de sistemas locales menores, circuitos internos de virus desgajados flotando en la atmósfera cargada del espacio virtual... Algo. Pero todo parecía limpio, todo menos su propio cuerpo.

Escuchaba su propia respiración de fondo, acuosa, burbujeante. Notó que unos finos arroyos de líquido amniótico surgían de su nariz. Apestaban. Era el aroma de la decadencia, de la podredumbre. Solicitó un informe médico de urgencia, y sintió que delgadas agujas penetraban en su piel mientras un millar de electrodos se adherían a ella. A pesar de ello, siguió rastreando el perímetro, intentando que el cansancio que le invadía no entorpeciera su capacidad de análisis y respuesta. Llevaba toda su vida consciente luchando por la empresa, y no estaba dispuesto a defraudar al Consejo. De ningún modo. Antes entregaría su vida si era necesario.

Transcurrieron quince o veinte segundos antes de que el informe médico llegara a sus retinas. El diagnóstico confirmaba sus peores sospechas. Infección Viral Masiva. Thais subvocalizó la orden necesaria para que el autodoc comenzase a aplicarle de inmediato un tratamiento de choque. Sintió que un torrente de fluidos penetraba en su carne y se extendía por cada fibra de su ser. Esperó alguna mejoría mientras se convulsionaba con temblores y espasmos cada vez más frecuentes.

–Se recomienda fuga temporal para evaluación de daños –oyó la voz del copro distorsionada por el bombeo de sangre que martillaba su cerebro.

Huir al Otro Lado, por supuesto. Caer en los brazos de la Tierra Sagrada. En el intervalo las medicinas se encargarían de ponerle de nuevo en pie. Comenzó a ejecutar la maniobra de evasión, pero, sin previo aviso, sus músculos dejaron de obedecerle. Una laxitud infinita le invadió, atrayéndole hacia el reino del Vacío, de la Nada... Todas las alarmas comenzaron a sonar al unísono, entonando una enloquecida ópera que cantaba al dolor y al sufrimiento.

Thais dejó de pensar. Sobre sus retinas ciegas, superponiéndose a los diagramas de flujo y a las corrientes de datos, dos palabras refulgían en el centro del display, guiñando en destellos rojizos: MUERTE CEREBRAL.

* * * * *

La sucia nieve cubría la escotilla de la vaina, enterrada bajo tierra, y los reponedores tuvieron que palearla hasta dejar el teclado de acceso al descubierto. Hacía un frío de mil diablos. Los operarios estaban deseando acabar con el trabajo y volver cómodamente a sus casas, donde había estufas y esposas que les calentasen.

El capataz de la cuadrilla consultó la pequeña pantalla del pad hasta que dio con la clave que abriría la compuerta. Se la dictó a Jundfhar, un tipo acostumbrado a ese tipo de bailes. El gigantón la tecleó y la escotilla se deslizó hacia dentro y luego hacia un lado. Una columna de vapor blancuzco salió a la superficie.

–Santa mierda –maldijo Jundfhar–, huele como el infierno.

El resto de la cuadrilla se colocó las máscaras y bajaron a por los restos. Mientras, el capataz y un par de novatos sacaban el pequeño cuerpo envuelto en plásticos de la plataforma de carga del deslizador. Esperaron a que extrajeran el deforme cadáver de Thais antes de introducir al nuevo guardián.

–La gripe se está cargando a todos los señuelos –murmuró el capataz–. A todos.

–Mira su cara. Esta chiquilla hubiera sido una belleza si hubiese podido crecer–apuntó Jundfhar.

–Sí –el capataz evitó mirar el rostro de Thais–. Tienes toda la razón.
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