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Las cosas que piensa Joaquín Revuelta...

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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2004.

02/01/2004

No Change

Dicen que ahora tendríamos que proponernos nuevos retos, por aquello del año nuevo, o, al menos, hacernos firmes propósitos de cambiar nuestra actitud ante esos vicios que a veces nos agobian aunque nosotros no queramos reconocerlo.

¿Por qué?

Yo, la verdad, es que no lo entiendo. Quiero decir, no comprendo ese afán casi católico de hacer un acto de contrición sólo porque nuestro calendario ha saltado de un número a otro. Estamos ya en el 2004, pues qué bien, aunque sólo sea occidente el que piensa que es así. Si empezamos a preguntar a otras culturas no creo que estén muy de acuerdo. Y es que a mí todo esto de los buenos propósitos y del cambio por cojones me suena un poco a rollo materialista o a maniobra social para hacernos sentir un poco más culpables, no vaya a ser que nos lo pasemos demasiado bien y acabe por gustarnos eso de ser felices.

Porque morir, lo que se dice morir, vamos a morir todos. Lo digo por si hay algun ingenuo que todavía crea en la inmortalidad. ¿Algunos antes que otros? Por supuesto, porque así ha sido la dinámica humana desde que el mundo es mundo. No creo que el hecho de ponerse a regimen o empezar a castigarse en un gimnasio tenga nada que ver. Lo creo sinceramente. La genética es la genética, y contra la doble hélice no hay nada que hacer. Un ejemplo: mi mujer come como un regimiento de cosacos hambrientos y jamás engorda ni un patético gramo; yo respiro y ya me encuentro con unos cientos gramos de más. ¿Castigo de dios? Pues no, el maldito ADN es el que maneja el cotarro.

Por eso pienso que, simplemente, es la sociedad la que intenta jorobarnos la existencia empujándonos a que aceptemos esos defectos y manías que nos convierten en seres humanos, y que los corrijamos antes de que nos manden a la tumba. A la tumba nos va a mandar ella como siga hostigándonos así. ¿Por qué no se hacen los bancos un propósito firme de bajar las hipótecas y dejar de robarnos con comisiones fantasma o intereses de demora inexistentes? ¿Por qué las multinacionales no se prometen a sí mismas que van a tratar a sus empleados como a seres humanos y no como a máquinas? ¿Por qué los dirigentes no realizan pública penitencia para que todo el mundo sea consciente de sus verdaderos pecados?

Año nuevo, vida nueva. Me niego. Pienso seguir con mi existencia como hasta ahora, y si me muero por el camino, pues, ala, encantado de haberles conocido.

Y lean muchos libros, que es lo verdaderamente importante.
02/01/2004 20:53 link. Tema: General Hay 3 comentarios.

05/01/2004

La Duodécima Noche

Hoy es la Duodécima Noche, la Epifanía, la Noche de Reyes. Guau.

Lo digo sin coñas. Desde siempre he tenido predilección por esta fecha, la única que recuerdo haber vivido con una ilusión verdadera y sincera. Todo es culpa de mi padre, por supuesto, un tipo que, como todo humano, acumula virtudes y defectos. Entre las primeras se encuentra la de saber transmitir un entusiasmo desmedido en todo lo que se refiera a su familia. Cuando llegaba el cinco de enero, el hombre sabía cómo hacer las cosas, hay que reconocerlo (podría seguir hablando de él, pero necesitaría unas quince bitácoras más). Y no era fácil teniendo cinco bocas que mantener y un sólo sueldo con el que enfrentarse a la ardua tarea de satisfacer las esperanzas de unos chiquillos inocentes.

Una de las cosas más me ha sorprendido e intrigado durante toda mi vida ha sido la cuestión de dónde y cómo conseguía ocultar los regalos de cinco churumbeles metomentodo que saqueaban el piso de arriba a abajo en cualquiera de sus juegos. Nuestra vivienda, la verdad, era cualquier cosa menos grande. Hogar concentrado, hogar de obrero, hogar que rezumaba calidez y cariño... pero hogar embutido en un espacio reducido donde el sólo hecho de poder hacer los deberes con tranquilidad era ya un verdadero milagro. Así que, vamos a ver, ¿dónde diablos escondía el hombre tamaña cantidad de muñecas, pistolas láser (el menda, que ya apuntaba), zoológicos (todos los años uno, Van Doren es así), equipaciones de fútbol, clicks de famobil, caramelos, golosinas, rifles, juegos reunidos geyper... Buddah, siempre me imaginé aquello como la multiplicación de los panes y los peces en versión Revuelta. A veces pensaba que mi padre podía ser un mutante tipo Patrulla X, ¿por qué no? La imaginación de un niño da para eso y mucho más.

El hecho es que nunca descubrí cómo lo hacía, ni siquiera cuando llegó la época en el que la edad y la preadolescencia se encargan de derribar ese velo que nos hace mantener la ilusión de que esa triada de magos recorre el mundo en menos de ocho horas para cumplir los sueños de los niños que se han portado bien.

Aparte del tema del ocultismo de juguetes, había una dificultad añadida para mi viejo: lo fantasmas que eran sus hijos, sobre todo Van Doren y yo. En esas fechas nos convertíamos en un par de generales que desarrollaban ingenuas tácticas y estrategias para atrapar a los reyes magos in fraganti, arrastrando de paso a los pequeños que, en la mayoría de los casos, no se enteraban de nada, o no querían participar por si las moscas. Supongo (ahora soy padre) que papá y mamá tenían que estar levantados hasta las tantas por nuestra culpa, esperando que sus dos hijos mayores se durmieran mientras esperaban agazapados bajo las mantas a que fuese el momento oportuno para atacar y pillar a sus majestades con las manos en la masa.

La infancia es así.

Ahora, que soy yo el que me como el marrón de dibujar el escenario adecuado para que mis retoños no pierdan la ilusión infantil de la magia y el buen rollo, me veo un poco embutido en la carne de mi padre, y veo que, de manera inconsciente, tiendo a imitarle en todo. Hoy me lo imagino nervioso, con la media sonrisa flotando sobre sus labios ya arrugados por la edad, repasando mentalmente si cada uno de sus retoños (y los retoños de sus retoños) va a obtener lo que quería, atesorando dulces y caramelos para que a nadie le falte azúcar en las papilas gustativas. Esta tarde se dará una vuelta por la Plaza de Abastos, o por El Corte Inglés (que es más moderno), y comprará las últimas baratijas, porque para él nunca es suficiente. Antes de acostarse desplegará una tienda de jugetes virtual en el salón del vetusto piso donde crecí, y se le encogerá el corazón como todos los años, y se sentirá feliz pensando en el rostro de sus nietos cuando lleguen como lobos al día siguiente. Dormirá en paz, quizá por última vez en el año.

Yo haré lo mismo. He tenido un buen maestro.
05/01/2004 13:01 link. Tema: General Hay 4 comentarios.

07/01/2004

Metacapitalismo

Por fin se acabaron las fiestas navideñas. Respiro tranquilo, a pesar del estado vietnamítico en el que ha quedado mi hogar después de pasar el trío ese de magos metacapitalistas cuyo único fin parece ser que los pequeños se eduquen el el ultraconsumismo más ruín que pueda imaginarse.

Los niños ilusionados, por supuesto (aunque me temo que ya les queda poco para descubrir el pastel), a nuestra costa. No me referiré al estado en el que ha quedado la VISA, eso ya lo sabrán ustedes. Me ceñiré simplemente al aspecto que ha tomado mi casa. La habitación de mi hijo, por ejemplo, sería una buena muestra de ello. Imagínense un Parque Jurásico en miniatura, mezclado con imágenes del universo Marvel, fundido con la Tierra Media: pterodáctilos sobre Trolls de las Cavernas, triceratops y dilofosaurios bajo la inmensa sombra de una ballesta orca de la que cuelga un Spederman magnético que se pega a todo; velociraptores, tiranosaurios, enredándose entre las altas ruedas de un Bigfoot a radio control con el logotipo del trepamuros (otra vez, y las que quedan) estampado en toda su superficie; y, ocupando un lugar de honor entre los akchonman y los libros del Capitán Calzoncillos, LA ESPADA DEL REY (en mayúsculas, tal como lo pronuncia mi hijo), juguete estrella junto con el guante de... ¡El lanzaredes, lo adivinaron!

El aposento de mi hija es como su hubiera sido absorbido por una dimensión agresiva que sólo tuvieran un color: el rosa. Y una temática: el Lago de los Cisnes de la Barbie, incluyendo un traje de ballet encargo de Van Doren, vestimenta que, a estas alturas, aún cubre el pequeñó cuerpo de mi hija. Calculamos que, allá por Carnavales, habremos conseguido despojarle de ella. Caramelos y golosinas, y unas muñecas pijísimas que responden al nombre de Bratz, y que incluso sacan colecciones de últimas tendencias (una campaña de marketing del carajo, hay que reconocerlo).

Yo no he salido mal parado. Cámara digital (faltaría plus), grabadora de DVD (tiembla videoclú, tiembla), un peluco la mar de chulo, un mando para jugar en el ordenador (lo siento, soy uno de esos locos que aborrece las pleisteichon), y, por supuesto, libros, muchísimos libros, todos toditos de ciencia ficción. Guau. Mi santa tiene una nueva batería de jerseises y lencerías, de cajas de bombones, de relojes y pulseras pijas (aunque ella es cualquier cosa menos eso), y un cacharro enorme para hacer gimnasia que ocupa medio despacho. A ella le gusta machacarse para mantener el tipo, y yo que lo agradezco, oigan.

En fin, supongo que cientos de euros invertidos en ilusiones vagas (que se agradecen) cuyo precio habrá bajado hoy como un treinta por ciento en la inmensa mayoría de los casos, una señal más de la decandencia cultural de occidente, que se deja (nos dejamos) timar a pecho descubierto. Esto ya no es capitalismo, señores, esto va más allá: metacapitalismo, por usar prefijos griegos.

Mis hijos me dicen que ppor qué me han traído los reyes tan pocos regalos, comparados con lo suyos, que si no he sido lo bastante bueno. Yo les miro y me dan ganas de darles la verdadera explicación, pero me contengo.

No quiero ser excesivamente malo, por si acaso.
07/01/2004 14:52 link. Tema: General Hay 2 comentarios.

11/01/2004

Feeling Down

Durante estos últimos días me he sentido un tanto chungalé, que en gaditano viene a significar, más o menos, que me encuentro al borde de la depresión, con todos los síntomas incluidos. Y lo verdaderamente preocupante es que no tengo ni puñetera idea de por qué estoy así. Quiero decir, no tengo problemas acuciantes a los que no les veo solución; no me ha sucedido nada desagradable (después de tres semanas de vacaciones, ya me dirán), y la familia bien, gracias. El curro no puede ser. Ser profesor es muy estresante, pero dos días no bastan para machacarte las neuronas: hacen falta un par de semanas por lo menos.

Así que me veo en la extraña encrucijada de no saber cuál es la causa de que esté colgando al borde de la angustia y la ansiedad. Podría preguntarle a Van Doren, que es experto en estas lides (y en muchísimas más), pero le veo demasiado ocupado arreglando el mundo. Por lo tanto esperaré a que la situación sea insostenible. De momento no se ve peligro en el horizonte, sólo una ligera desazón.

Puede que sea que no consigo escribir. Para mí es como un vicio, como cuando te mueres por fumarte un cigarrillo y no tienes tabaco a mano, y, desde que acabé la puta novela, no he conseguido esbozar cuatro ideas seguidas más allá de esta bitácora. Me falta el aire, y ese cosquilleo malsano que te provoca ser el Amo de Títeres de unos personajes que han nacido en tu interior, esa sensación casi divina del poder creador de universos. Es una opción, pero, sinceramente, no creo que sea para tanto.

Más bien, me inclino por el agotamiento emocional que me provocan las pasadas fiestas. Ustedes son muy dueños de sentir lo que les venga en gana, faltaría más, pero yo, como mi buen amigo Ángel Torres, cada vez soporto menos esa exaltación del consumismo disfrazada de rito (pagano y religioso a partes iguales), esa exhibición de materialismo (como soy un perfecto idiota, no puedo quitarme de la cabeza que más de la mitad del planeta se muere de hambre mientras nosotros nos inflamos de langostinos), esa podredumbre moral que nos lleva a identificar cariño con tarjeta de crédito… Una tontería, se lo concedo, aunque todo vemos la realidad desde prismas bien distintos.

Quizá todo se reduzca a una saturación, a la incapacidad de procesar un flujo de datos demasiado denso. La doctora que me atiende normalmente (que, encima, es compañera de trabajo), dice que quizá he sufrido demasiado stress últimamente –pongamos en los últimos cinco años–, y que la mente tiene un límite, que llega un día en que se niega a seguir trabajando bajo esta presión brutal a la que nos somete la sociedad en que vivimos. En ese momento caemos, y a ver quién nos levanta.

Pásenlo bien.
11/01/2004 12:07 link. Tema: General Hay 9 comentarios.

15/01/2004

La tumba de Donald

duckdead.gifSe veía venir, anda que no: la Disney a tomar por culo. Personalmente, me alegro infinito, pues ya estaba harto de deconstruir cada puta película en voz alta para que mis hijos no muriesen asfixiados bajo la ingente cantidad de moralina que destilaban cada una de sus imágenes. Y es que han perdido la partida por ser tan inmovilistas, tan cutres, y tan rematadamente soberbios; en suma, por ser tan americanos. Por otra parte, su falta de ideas era verdaderamente preocupante. Uno ya había perdido la cuenta de cuántas veces había visto la misma historia repetida hasta la saciedad, dibujada por manos distintas en escenarios diferentes.

Parece ser que es Pixar, la responsable de todos sus últimos éxitos, quien, al fin y al cabo, ha ganado la partida. Empezó siendo una simple asalariada y ha llegado a una posición de privilegio pocas veces superada en este tipò de eventos. Su contrato con Disney acaba en el 2006, y, entonces, veremos a ver qué pasa, porque me da en la nariz que Lasseter y sus muchachos ya están preparando la jugada de la muerte para asestarle el golpe definitivo a esta decrépita y decadente fábrica de pesadillas infantiles.

Yo, repito, me alegro mucho. Y con gusto bailaría sobre la tumba de ese imbécil despendolado que es el Pato Donald.

Que no descanse en paz...
15/01/2004 19:12 link. Tema: Cine Hay 2 comentarios.

18/01/2004

NO HAY ESTRELLAS (I)

Doy comienzo a la experiencia de escribir en esta bitácora una novela por entregas de corte fantástico, espero que les guste.

1
Plata rancia y magia nueva.


Famelius podía oler al elfo. Tenía un talento natural para ello. No sabía dónde se hallaba la maldita criatura, tantos cuerpos y razas en un espacio tan diminuto no ayudaban a su localización, pero sentía que se hallaba bastante cerca, en un radio de cinco o seis codos. Quizá se trataba de aquella figura embozada que se inclinaba sobre la mesa que la camarera atendía en aquellos momentos. La chica era una imbécil, sólo había que mirarla. No sería capaz de distinguir la cola de un dragón del látigo de un esbirro. Se removió en su asiento con nerviosismo. La captura del elfo no era asunto suyo, desde luego, pero le haría alcanzar cierto prestigio ante los ojos del capitán.

Giró la cabeza en la dirección de la mesa que ocupaba su superior.

El capitán Grandilus tenía a una de aquellas rameras grog sentada en sus rodillas, y bebía a grandes tragos de una inmensa pinta de cerveza. Terminó con el líquido, soltó un sonoro eructo y levantó la jarra de madera, agitándola en el aire, para que le escanciasen más. Otra de las sirvientas de la posada se apresuró a llegar hasta él sosteniendo una cuba de mediano tamaño sobre su cabeza, salpicando a la clientela a su paso. No le importaron los insultos que proferían los parroquianos: servir a Grandilus era evidentemente una tarea prioritaria.
Volvió a concentrarse en sus asuntos. Jugó con las tiras de carne estofada del plato que acababan de servirle. No tenía mucho apetito, y no se fiaba de la cocina de aquellos lugares. Corrían leyendas de boca en boca que hablaban sobre las prácticas caníbales de aquella parte de Trondheim. Famelius no solía hacer mucho caso a los cuentos de vieja que encontraba a su paso, pero lo cierto era que la chicha tenía un aspecto y un olor un tanto peculiar. Dejó caer el cubierto dentro de la escudilla y agarró el vaso de arcilla que aún no había probado. La peste a elfo le estaba poniendo enfermo.

Un juglar vestido con harapos ocupó el pequeño escenario que había junto a la salida de la cocina. Ante las señas del dueño, un sirviente de aspecto cansado se apresuró a encender los candiles que había a cada lado de la tarima de madera. Los parroquianos estallaron en vítores y comenzaron a golpear con sus jarras las superficies de las mesas, algunos silbaron, y las furcias empezaron a aplaudir. El bardo simuló no prestar mucha atención al júbilo que había despertado su presencia y dio la espalda al auditorio para afinar la pequeña arpa con filigranas de plata que portaba en sus manos. Se oyeron algunos silbidos, sobre todo del piso superior, y algunas piezas de pan rancio cayeron sobre las tablas. El músico no se inmutó lo más mínimo y siguió con su tarea hasta que, tras llevarse el instrumento al oído y rasguear las cuerdas, no se sintió seguro de que sonaría según su gusto. En ese momento se dio la vuelta, avanzó hasta el centro del escenario, y realizó una profunda reverencia ante los presentes.

Famelius, que había estado contemplando la escena sin mucho interés, volvió a concentrarse en el vino. Frente a su mesa, una pareja de enanos gruñones discutían sobre los impuestos que el Mayor había ordenado aplicar a las labores de plata rancia. Hablaban en voz alta, exagerando mucho las vocales (a la manera enana), confiados en que nadie de aquellos lugares sería capaz de entender su lengua. Estaban en un error. Famelius sí podía hacerlo. Sus labios se curvaron en una sonrisa, después tomó un sorbo de aquel brebaje de mierda. Si los enanos supieran que la espada que colgaba de su cinto estaba fabricada con aquel material...

De repente se quedó sordo.

Debería haber sospechado algo en el momento en que el bardo comenzó a cantar. No le había estado prestando demasiada atención, pero el público se había callado de súbito cuando el tipo empezó a farfullar su presentación. Fue en ese instante cuando las voces de los enanos se hicieron más nítidas; antes habían estado silenciadas por el bullicio de los clientes. Famelius no perdió más tiempo lamentando su descuido. Se levantó de la silla de un salto y echó mano de la plata que pendía de su cintura, arrojando al suelo la silla y la mesa con todo su contenido. Sin detenerse a calcular sus acciones se arrojó hacia la tarima mandoble en mano, dispuesto a acabar con la alimaña.

El elfo se estaba despojando de su disfraz, convencido de que todos cuantos habían caído bajo el poder de su hechizo no volverían a abrir los ojos para contarlo. Las orejas y la nariz le crecían poco a poco, desgarrando la carne rosada a su paso, picos carnosos en un rostro oscuro y afilado.

Y el hedor se hacía cada vez más insoportable.

Los harapos que habían cubierto su carne grisácea yacían arremolinados en torno a sus pies. El remedo de rostro humano, perlado de verrugas que supuraban un líquido infecto, se hinchaba y se desinflaba con cada golpe de respiración. El elfo aulló, pregonando a la noche su triunfo, y Famelius, que estaba a punto de aterrizar a su lado, aun sin oírle, sintió que cada una de las fibras de su ser se convertía en un cristal de escarcha y estallaba en mil pedazos.

La criatura detectó el movimiento y se encogió, poniéndose a la defensiva. Famelius cayó rodando sobre las desvencijadas tablas. Sin detener el impulso, se incorporó, y, girando sobre sí mismo, lanzó una estocada a ciegas que esperaba cercenar la cabeza del engendro. El elfo fue más rápido. Esquivó con desahogo el ataque de Famelius flexionando las cuatro extremidades hasta que su cuerpo esquelético tocó el suelo. Pequeñas cascadas de baba verdosa cayeron sobre la tarima formando un charco inmundo que empezó a corroer la madera.

–Hijo de puta –murmuró Famelius lanzándose de nuevo hacia su oponente.

El elfo le contemplaba desde el suelo con los ojos muy abiertos y una mirada que parecía inquieta flotando sobre ellos. No comprendía la causa de que Famelius no estuviera también idiotizado por su magia. Tensó la garganta y movió los labios, como entonando una suave canción de cuna, pero la interrumpió de inmediato en cuanto vio que el soldado avanzaba de nuevo dispuesto a ensartar su cuerpo. La punta de la espada pasó a escasos milímetros del repugnante rostro de la criatura, que consiguió revolverse en el último instante. La hoja se clavó en la madera, y la inercia desestabilizó a Famelius de forma tan brutal que salió despedido de la tarima, cayendo sobre los cuerpos anestesiados de los parroquianos. Quedó allí, desmadejado, asfixiado por le hedor a sudor corrompido por la excesiva ingesta de alcohol barato. Intentó incorporarse, recuperar su arma, pero una sensación de intenso peligro le dejó congelado, casi despojado de su capacidad de movimiento. De repente, más que oírlo, sintió un agudo grito que provenía de la tarima, una enfermiza vibración del aire que le envolvía.

La carne que le aprisionaba comenzó a agitarse, como sometida al tira y afloja de una invisible marea. Se escuchaban gruñidos sordos por doquier, respiraciones profundas y entrecortadas, la música de las bestias. Se incorporó, jadeando, y comprendió lo que iba a suceder. El descarnado beso de la muerte se cernía sobre sus rasgos contraídos por el dolor.

Vio al elfo en mitad de la tarima, triunfal, entonando su mágica cantinela con los esqueléticos brazos alzados hacia el cielo. Convocaba a sus ejércitos como un héroe de antaño, con la arenga muda del poder absoluto, de la más rendida posesión de cuerpos y almas. Famelius vio la inmensa mole de su capitán que destacaba entre la abigarrada masa de formas, tamaños, y razas; sus ojos habían perdido la humanidad, y su mirada la ferocidad del guerrero. Tragó una larga bocanada de aire. No tenía escapatoria posible, pero moriría llevándose a cuantos pudiera por delante.

Avanzó dando empellones entre los zombis que se preparaban para despedazarle sin piedad, derribando a todos los que podía a su paso. Los cuerpos caían y se levantaban inmediatamente, privados de la humana capacidad de sentir dolor. El elfo notó que Famelius había decidido plantar batalla, y volvió a bramar aquella canción maldita. Luego echó las zarpas al suelo y le espero a la manera de los engendros, con las garras extendidas y la espalda arqueada, presto a saltar sobre él. Famelius alcanzó el borde del escenario, sintiendo que sus ropas eran desgarradas por manos ansiosas que trataban de impedir a toda costa que la espada refulgente volviese a su poder. Rugió de dolor cuando sintió que unos dientes ansiosos mordían su pierna derecha, sus glúteos, su espalda. Trató de seguir, extendió el brazo, casi atrapó el mango de la plata hundida en la madera. Ante él, la criatura alzó el lomo y una fugaz centella de maldad cruzó sus pupilas hundidas. Iba a saltar sobre él.

Lo hizo. Famelius trató de escabullirse con sus últimas fuerzas, y, aun estando a las puertas del infierno, no pudo dejar de admirar la belleza, la perfección de aquel salto perfecto. El elfo trazó una delicada parábola, las fauces abiertas destilando aquella baba apestosa. Pero no llegó a su destino. En mitad de la curva, ante los ojos sorprendidos de Famelius, el engendro fue alcanzado por un delgado rayo de luz que iluminó la estancia y se llevó el hedor.

El haz de sólida luminiscencia no le atravesó el cuerpo. Se enroscó en torno a su podrida carne, como una serpiente cegadora, y lo mantuvo en el aire. El elfo luchaba por librarse de aquel abrazo, pero la delgada línea de fotones parecía hacerse más fuerte con cada uno de sus intentos. La criatura soltó un alarido que fue perfectamente audible, desprovisto de hechizos, y, de pronto, su cuerpo se dividió en dos mitades de salieron despedidas en sentidos opuestos, salpicando de vísceras verdosas todo cuanto había en un radio de varios codos.

La taberna quedó en silencio. Pronto empezaron a oírse gemidos apagados, suspiros, sollozos. Las manos que sujetaban a Famelius le liberaron lentamente, con los restos del hechizo todavía gobernando sus mentes confusas. Éste cayó al suelo, desmadejado, sin comprender todavía muy bien lo que había ocurrido, sangrando por muchas zonas de su cuerpo. Una mano enguantada se movió ante sus ojos incrédulos.

--Ha faltado poco –la voz era tan dulce como el agua en la garganta del sediento. Voz de mujer, una alegre cascada despeñándose en un idílico estanque.

Famelius no pudo responder. Como pudo agarró la mano que le ofrecían y se dejó alzar con suavidad. Para ser una mujer era fuerte, muy fuerte. La desconocida le ayudó a sentarse en el borde de la tarima. A su alrededor los parroquianos, confundidos, pedían que alguien les explicase lo que había sucedido. Famelius apretó los ojos, se mordió los labios, tratando de soportar un dolor que le atravesaba como una flecha en la noche. Cuando los abrió contempló el rostro más hermoso del universo. Durante un instante eterno se perdió en aquellos grandes ojos glaucos, transparentes como el alma de un niño, en aquella boca de miel, en la plateada melena que se despeñaba por sus hombros y se perdía tras unos hombros perfectos...

--Toma –dijo ella con una sonrisa, haciendo que un nuevo universo se creara en alguna parte--. Creo que esto es tuyo.

Famelius tomó la espada de manos de aquel ángel. Y supo que había sido bendecido. En la frente de la mujer brillaba el Signo, el Círculo y la Flecha, tan claros como el sol que despierta al amanecer. Quiso arrodillarse, pero un puñal de dolor se lo impidió.

¿Qué había hecho él, un tosco soldado de provincias, para ser salvado por una diosa?

(Continuará)
18/01/2004 12:27 link. Tema: Relatos, poemas... Hay 1 comentario.


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